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El problema de los que esperan: Hacen falta golpes de suerte, y mil cosas más, para que un hombre superior, que lleva en sí la potencial solución de un problema llegue a actuar, a entrar en "erupción", por así decirlo, en un tiempo oportuno. Por lo general no sucede así y en todas las partes del mundo hay hombres que aguardan, sin saber exactamente que lo hacen y menos aún que su espera es inútil. También sucede a veces que la llamada suena demasiado tarde (ese azar que permite ponerse en acción), y cuando lo mejor de su juventud y de su energía se activa ya se encuentran gastados de tanto estar sentados sin hacer nada. ¡Cuántos descubrieron horrorizados que sus miembros se hallaban entumecidos y que su espíritu era ya demasiado pesado! "Es demasiado tarde", se dicen, tras haber perdido la fe en sí mismos y comprobar que se han quedado inútiles para siempre.
Se ignoran demasiadas situaciones. Lo único tangible es que aún existe la fe por continuar, aún existe esa capacidad de asombro y sabemos que jamás se debe esperar.










El mensaje es claro: Deja la superficialidad y todas aquellas banalidades y enfócate a tu salud. Examínate los senos en vez de obsesionarte con traseros grandes, las espinillas o uno de esos días malos de tu cabello.

"Germán Dehesa falleció a las 6:30 p.m."
Tenía aproximadamente 5 ó 6 años cuando tuve mi primer “micrófono”. Éste era de plástico y de color amarillo. En su interior se hallaban pequeños dulces, que no eran más que goma de mascar. Lo obtuve en una fiesta infantil. Había diversos objetos y yo escogí específicamente aquel aparato que amplifica la voz, como un juguete y mi inmediata compañía. Jugaba al locutor y entrevistaba a quien estuviere a mi alrededor. Jamás lo volví a ver.
Más tarde, mi vecino contaba con una radio-grabadora. El aparato tenía dos caseteras y en una de ellas podías grabar cualquier medio sonoro sin necesidad de micrófono. Volvía a jugar al locutor.
Después, en la escuela secundaria mi madre me regalaría mi primer micrófono de a verdad. Aún lo conservo. Lo conectaba a un estéreo; metía en él un cassete virgen y jugaba nuevamente al locutor. Mi voz jamás me gustaba. Pensaba que debería oirse como yo interiormente me oía. Sabía entonces, a qué me gustaría dedicar parte de mi tiempo cuando fuere adulto.
No volví a jugar al locutor desde aquel entonces. Mis aproximaciones con el micrófono fueron quizá, en algún karaoke, jugando Rock Band o cualquier presentación donde requiriera ser escuchado por un considerable número de personas.
La vida me situaría en la Universidad. Es el presente. El pasado con el encuentro radiofónico a este día, pareciera nostálgico. El micrófono por ahora ha quedado ahí en el sitio que le pertence. De donde jamás se ha movido. Quiénes nos hemos apartado, somos nosotros. Fuímos los que invadimos su espacio, los que nos entrometimos en su estadía y los que asaltamos su quehacer. El micrófono nació ahí y seguramente morirá en ese mismo lugar. A veces nos cuestionamos si en verdad fallecerá. Suponemos que es perpetuo. Es decir, llegó para quedarse porque simplemente es la mitad que a varios de nosotros nos faltaba.
Ha visto y verá pasar cientos de personas por ahí. Frente a él. Tolerando distintos timbres de voz y una diversidad de historias. Será solicitado y estará como siempre, al servicio y disposición de cualquiera.
Es emocionante la primera vez cuando te dispones a hacer uso de él. La voz se agudiza y la piel se torna 'chinita'. Vamos, eso decimos a quien llegó a apasionarnos. Sin embargo, tiene un defecto: no sabe que puede llegar a causar adicción, placer o simplemente felicidad con el simple hecho de ver su figura metálica, escuchar su fidelidad y después, comenzar a vomitar ideas improvisadas en varios minutos que parecieran un pestañeo.
Hablamos de cualquier tema. Presentamos canciones. Nos equivocamos. Aprendemos. Jugamos. Nos divertimos. Nuevamente, un par de personas me escuchan. Eso no importa. Es la magia de la radio que, entre otras situaciones, no sabes a ciencia cierta quiénes y cuántas personas te escuchan. Así como también cuántas personas leen esto.
A mis 28 años, jugué una vez más al locutor. No sabemos si en un futuro –cercano o lejano- la vida me conceda este nuevo juego, (juego: en el sentido estricto de gozarlo de principio a fin) esta pasión, este sueño...
Por fin he visto “The Burnig Plain” o “Fuego” como se le tituló en México al primer largometraje de Guillermo Arriaga como director y escritor. Si bien, antes ya habíamos disfrutado de esa enigmática forma de escribir guiones para cine como “Amores Perros”, “21 Gramos”, “Babel” o “Los tres entierros de Melquíades Estrada”. Su ópera prima como director nos muestra la calca de situaciones que de entrada nada tienen qué ver pero que en algún instante se entrelazan. Personalmente disfruto estas historias, involucran mi atención al cien aunque en ocasiones hay situaciones predecibles.
Interesante asunto. ¿Competencia? ¿Egos? Veremos los resultados; por ahora, “Fuego” ha cumplido mis expectativas. Imagino que “Biutiful” las superará.
Algún día terminé la primaria, vendría la secundaria y posteriormente, con gran trabajo, culminé la preparatoria. Es probable que en alguna clase de geografía haya visto en un mapa el país de Islandia. Sin embargo no me importó, pasó por desapercibido como diversas situaciones académicas que quizá, después lleguen a cobrar factura. Así, corrió buena parte de mi vida y jamás supe dónde quedaba Islandia. Qué idioma era el oficial, a qué Continente pertenecía, etc.
Una mañana de domingo, de pocas donde despertaba temprano para salir y dirigirme así para ir en busca de eso que llaman "espiritualidad", encendí la radio como suelo hacerlo y escuché una canción que sustancialmente marcó mi vida y con ello, descubrir otro género musical que desconocía: el 'post-rock' o la llamada 'música experimental'. La canción, me enteré después, se llama "Hljomalind", -ésta sirvió para adentrarme más y más- sin embargo supe en su momento, que pertenece a Sigur Rós. Un grupo del cual, había escuchado fortuitamente un par de canciones pero que disfrutaba y me resultaba fácil identificar; un género muy característico por la voz y la melodía. Melancólica en su mayoría, no obstante, la disfruto porque sencillamente me relaja y en ocasiones, inspira mis ánimos por escribir.
Entonces, me di a la tarea de investigar acerca del grupo; me interesaba saber más de su música, qué discos habían sacado a la venta, de dónde pertenecían, etc. Fue en este quehacer, cuando caí en cuenta que son islandeses, al igual que Björk. Su idioma me decía que al menos y por fortuna, no eran estadunidenses.
Recordé inmediatamente cuando de niño portaba entre mis manos aquella cartulina con un dibujo de la bandera Islandesa, caminando en círculos por el patio, en una ceremonia que nadie atendía. Islandia, un país que anhelo conocer, no sólo por la influencia musical, sino por su cultura; una nación que se considera la primera en desarrollo humano y que tiene unos fantásticos y admirables paisajes, para muestra: Heima.
