3 jul 2012

E-lecciones

Para Diana, que en su búsqueda, encuentre libertad.

No existe la libertad, sino la búsqueda de libertad. Nunca la alcanzaremos completamente. La muerte nos advertirá que hay límites a toda historia personal. La historia, que perecen y se transforman las instituciones que en un momento dado definen la libertad. Pero entre la vida y la muerte, entre la belleza y el horror del mundo, la búsqueda de libertad nos hace, en toda circunstancia, libres. Lo dijo Carlos Fuentes.
Voté por vez primera en el año 2000, tenía 18 años.  Eran elecciones federales. El hartazgo político y social se visualizaban vastos que no permitirían más una democracia de “dedazo”. Emanciparse de gobiernos soberbios, obtusos y autoritarios era una urgencia que tenía dos caminos: El de la alternancia con un candidato de derecha, un ranchero de grandes botas como lo denomina Juan Villoro, llegado como el todopoderoso del cambio y, el otro, el de la continuidad vacua de más de setenta años. Ya ni mencionar un tercer camino, el de la izquierda liderada en aquel entonces por el fundador del Partido de la Revolución Democrática, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. El temor a un cambio radical comenzaba ahí, en la designación de un político que parecía aferrarse al poder tras candidatearse por tercera vez consecutiva.
Después, ejercería mi sufragio en las elecciones de 2006. Con vergüenza sustantiva acepto que elegí votar por una probable continuidad para un modelo político que difícilmente haría diferencia en seis años y que entonces requeriría de, al menos, otro sexenio para tomar forma y una definición de un plan de desarrollo social que el país requería. Hoy, pienso que me hubiera gustado no haberme hecho cómplice de toda aquella desinformación, de haberme interesado un poco más en el quehacer político y en la atmósfera social y cultural de entonces. Reflexiono que me hubiese cautivado por revistas de crítica política, de investigación, de análisis, de periodismo; de leer más periódicos y a más columnistas. De leer más libros.
Entonces, en mi corta vida había experimentado algo así como un triunfo electoral que no me correspondía en lo más mínimo y que carece de viveza personal. Hacerme de un triunfo paternalista por haber elegido al presidente en turno y creer que mi aportación -ahora tácita- sería para un futuro demócrata, a una nación creciente y a un cambio radical es, la mayor equivocación que he percibido en mi derecho de elegir.
Puedo eximirme argumentando que estaba en busca de la libertad. Que si bien es cierto jamás la alcancé completamente; no obstante entre bellezas y horrores, entre esa búsqueda, me hice libre.
Este domingo 1o de julio voté convencido, sin pretensiones digo que debidamente informado y con la esperanza progresista que sembró la política de izquierda. Voté con la conciencia de 71 años de teatro sucesorio; de malos gobiernos que manipularon, corrompieron y premiaron el estancamiento académico, económico y social. Voté, con el hartazgo personal hacia con doce años de un capitalismo exacerbado y salvaje, de desigualdad, de una derecha que privilegia a un sector mínimo y que como gobierno sólo ha otorgado profundas injusticias. Voté, con todo y el rigor climatológico, lejos de mi vecindario porque no actualicé a tiempo al Instituto Federal Electoral mi cambio de domicilio que, alguna vez, modifiqué por necesidades personales. Voté, alejado de encuestas a modo y de tendencias electorales previas. Voté, porque me preocupa el presente y el futuro de mi país, el de mi familia y el de la familia que algún día formaré; porque estoy convencido que esta nación, a pesar de todo optimista, puede mejorar y explotar -en el mejor sentido- los ideales de estadistas y de la ciudadanía que anhelan un cambio verdadero.
Hoy, experimento un sentimiento derrotista muy propio; no sólo yo, sino que muchos a mi alrededor. Los rostros lo dicen, los ánimos lo gritan, el andar ciudadano lo expresa. Vivo en mi burbuja del Distrito Federal y, al menos aquí, lo visualizo así. Sin embargo, somos privilegiados por atestiguar este acontecer y sé que es el comienzo de mejorables situaciones. Gracias a la redes sociales somos testigo de un sentimiento casi generalizado, de opiniones encontradas que divergen entre una misma comunidad pero que gracias a ello nos retroalimenta y nos resiste a ser tolerantes. Que como sociedad nuestra tarea debe continuar ya sea con un gobierno centrista, de derecha o de izquierda; un quehacer social que vaya más allá de intereses particulares y oligárquicos. Que nuestra ocupación recaiga no en el conformismo de tener como líder a un presidente reticente y extinto de talento político, sino en aportar día a día a las responsabilidades individuales que nuestro entorno exige. Como lo plantea el filósofo político Benjamin Barber, la democracia necesita ciudadanos eficaces: hombres y mujeres ordinarios haciendo cosas extraordinarias de manera regular.
La muerte, como decía Fuentes, nos advertirá que hay límites a toda historia personal. Esta tarde he palpado que mi voto perdió en su generalidad auténtica de decidir; sin embargo, es la primera vez que fiel e intrínsecamente ha ganado mi sufragio para concientizarme y aportar, desde mi minúscula trinchera, un granito de arena.  De modo que, mientras haya vida y esperanza, esa búsqueda de libertad nos hará libres.

25 jun 2011

En una banca de roble

Abro los ojos. Palpo mi rostro y caigo en cuenta de una mediana barba. Mi cabello parece estar largo. Siento que he dormido por varios días. Despierto a causa de sonidos propios de la naturaleza: Cantos o reclamos de aves, una ligera lluvia asentándose sobre el techo de madera en forma de V invertida y el golpeteo del agua con rocas o consigo misma. No sé dónde estoy, cómo llegué aquí, incluso, no tengo idea de quién soy. Sábanas blancas entre mi cuerpo semidesnudo. La cabeza de un reno disecado y una pintura al óleo se observan a mi alrededor. Una botella de un tinto chileno, jalea de zarzamoras y un probable pan característico de la región se presentan sobre la mesa. Me dirijo al ventanal: Me encuentro situado en medio de montañas y de una prominente cascada que me impacta y ensordece con placer. No veo indicios de seres humanos ni cosas materiales; sólo esta habitación con servicios básicos rodeada de quietud, abandono y diminutos toques de nostalgia. De pronto, intento vestirme con la ropa que encuentro arrojada en el piso: Un pantalón holgado de color verde militar, una playera gris y una chaqueta de similar color. Mis manos se adentran a los bolsillos: Cinco monedas pequeñas y tickets de ferrocarril se hallan ahí. Me pregunto qué puedo hacer con esto. ¿Cómo llegué aquí y hasta dónde podré llegar con sólo cinco monedas? Leo los tickets, trenes que abordé provienen del Perú y el último de una población chilena. Ni siquiera recuerdo eso. Prefiero darme una ducha. Un cuarto de baño con vista a un riachuelo y una vegetación tan sustancial como mi inquietud. No concibo cómo es que tengo agua caliente, curioso, pero la tengo. Después, determino que partir es mejor que gozar de tan majestuosa vista. Buscar, al menos, mi identidad. Camino por largos minutos. Cientos de pasos. No veo fin, no encuentro algo que dé certeza a mi situación. ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Cuál es mi nombre? ¿Por qué estoy aquí? De pronto, me sitúo frente a unas vías de tren. Camino sobre ellas como destino a mi incertidumbre. Con forme mis pasos la desesperación es mayor. Sin embargo, la escenografía es ideal. Paisajes formidables y un clima espléndido. Montañas con grandes árboles entre riachuelos con peces. Respiro. Trato de disfrutar lo que voy dejando a mi paso, de la vista, de la naturaleza. El eco de las aves o de algunos animales entre la maleza. Mis preguntas son mayores que mi miedo. Un puente de viguetas largas poco oxidadas me encuentro en el camino. Las vías sobre él. Cruzan un largo tramo. Es abismal. Posiblemente aquella cascada sea el inicio del río que se mira al fondo. No sé cuánto tiempo ha pasado. He perdido el sentido de las horas, de los días y de todo acontecer. De la nada, arribo a una singular estación de tren. Es auténtica, pintoresca, pequeña pero necesaria. Tomo un descanso: Una banca hecha de roble, apenas barnizada y situada bajo un tejado. Pasarían probablemente dos cuartos de hora cuando un sonido de locomotora daba aviso de su llegada. Las calderas en reposo, el sonido agudo de los frenos tras la visita y después, el de unas zapatillas de mediano tacón que se escuchan por las escalerillas del tercer vagón justo frente a la banca de roble. Un vestido largo color beige se asoma a primera vista. Una mujer hermosa de cabellera rizada, ojos grandes y expresivos, nariz sutil y labios voluminosos. Me pregunta si conozco alguna cabaña donde la quietud sea inherente al lugar, apenas y cuestiona quién soy y hacia dónde me dirijo; sólo le puedo responder: No importa quién soy ni adónde voy, ni qué hice ni quién fui; sólo importa que has llegado tú y que le has dado un sentido a mi vivir.

7 may 2011

La capa de algodón color negra

Es la mañana de un domingo cualquiera. La luz del sol entra por tu ventana a través de la persiana blanca y horizontal. Te miras al espejo, respiras hondamente y decides que es hora de la visita. La guitarra que me heredó mi padre, un libro, flores y una canasta de picnic te acompañarán. Cierras la puerta detrás de ti y caminas unos veinte minutos. Llegas al cementerio; ahí donde aún se halla mi cuerpo, donde se halla mi nombre en alguna lápida y donde nos hallaremos juntos tarde o temprano. Depositas las pertenencias a un costado, apenas y cubres la tumba con la capa de algodón color negra que solía usar en mis presentaciones musicales y que me obsequiaste al cumplir veintiocho años. Ahora la llevas puesta para recordarme, para sentirme de alguna manera. Me arrojas las flores más frescas y brillantes. Mi lápida por fin tiene vida. Tocas la guitarra y cantas nuestra canción de amor; aquella que algún día te dediqué y que ahora me dedicas. Después, lees en voz alta un fragmento de mi libro favorito. Te recargas en la piedra vertical donde se escribió mi epitafio. Cierras los ojos. Te relajas. Recuerdas instantes que pasamos juntos: Aquella playa apartada donde vivimos solos por un tiempo. Los atardeceres a la orilla del mar caminando a lo largo de la costera. Escribiendo en la arena mensajes de amor y sueños mundanos paralelos. Tomando cientos de fotografías y riendo hasta las lágrimas. Besándonos la piel y acariciándonos el alma. Recuerdas también mis primeros conciertos ante decenas de personas. Nuestra felicidad y nuestra cotidianidad. Las palabras, el aquejo, las pequeñas discusiones y los versos; todo lo evocas. Las clases de guitarra o de cualquier instrumento musical. La música como complemento ante nosotros, ante nuestra conciencia y ante todos los demás. Recapitulas en segundos las fiestas, las reuniones, las cenas con el tinto, lo nostálgico de Sigur Rós, toda aquella cita planeada y no planeada. Los instantes improvisados colmados de energía y de paz. Los amigos; los que se fueron y los que permanecieron. Los malos entendidos y las cordiales sorpresas. El sabor de tu bebida favorita y lo amargo de la mía. Lo dulce de tu comida y lo salado del mar (...) De pronto, despiertas y caes en cuenta de que el recuerdo siempre permanecerá así transcurran cien años. Lo perpetuo inherente a la memoria. Giras medianamente la cabeza y me ves ahí; en algún punto, en alguna luz. Mueves ligeramente los labios como signo de incredulidad. Pero en realidad estoy ahí. No como quisiera yo, ni como quisieras tú; pero estamos juntos una vez más. Quizá la última. Te incorporas y te diriges hacia mí. Por cada paso tuyo, avanzo dos metros. Recorro las montañas, los cielos nublados y vuelvo a la playa; ahí donde pasamos los mejores instantes de nuestras vidas. Ahí donde planeábamos todo. Donde hacíamos el amor hasta el amanecer y donde hacíamos del tiempo lo menos importante. Ahora, diriges tu cabeza a las nubes. Me sigues con la mirada; ya no puedes hacerlo con tu cuerpo, con tus pasos. Se nos ha muerto el día. El sol sucumbe y la noche está por llegar. Caminas sin rumbo fijo. Caminas siguiendo mi luz, mi destello. Te detienes. Ya no podrás seguir más allá. Las montañas te lo impiden y la luz natural también. El cielo amenaza con llover. No podré ocultarte ya jamás de la lluvia. Ahora te mojarás sola; tu única compañía y aparente cobijo será mi capa de algodón color negra. El viento sacude tu cabello, tus ropas y tu alma. Tiemblas de impotencia y yo tiemblo de temor. Pero la absolución llegará pronto. El instante lo hizo: Me marcho para siempre y sonríes porque una parte de mí se queda en ti así como yo me llevo una gran parte de tu ser... de tu esencia... de tu cuerpo. Me ves partir para siempre entre viento y agua. Entre luz y calor. Entre lo desierto y lo poblado. Entre la playa y el fin de la tierra: el mar. Anochece. Me pierdo entre el agua y me evaporo haciéndome partícipe de las constelaciones propias de nuestro acontecer. Agradeceremos por todo lo acontecido y nos arrepentiremos por todo lo planeado sin jamás realizado. Simplemente adiós.



Una canción totalmente melancólica. Sin embargo; la mejor historia, es la que tú desees.

28 abr 2011

Una magnolia en su andar

"La sonrisa se desdibuja cuando uno se aparta de la novia, ¿verdad joven?" Preguntó el conductor del taxi cuando dio marcha al automóvil en busca del siguiente destino. "Sí, definitivamente se desdibujan demasiadas cosas cuando uno se queda solo" Le contestó el pasajero y pensándose que aquella mujer no era su novia aunque de ello aspirase su andar.

(...)

Hay fechas que un individuo jamás podrá olvidar. Se quedan tatuadas en la memoria absoluta del vivir y arraigadas en lo más intrínseco del ser. Aquel día, por un instante él recordó una etapa de su vida totalmente placentera. Desde un modesto espacio para comer, hasta los lugares donde la risa y la reflexión eran parte del aprender. Los tiempos de dos buenos amigos que jamás se olvidarán: La calle de Durango y los alrededores de la Fuente de Cibeles.

Aquel día no se podrá olvidar y no porque los equipos de fútbol hayan perdido sus respectivas contiendas o porque también se haya cumplido un año del fallecimiento de su abuela. Aquel día jamás se olvidará y no porque en él le hayan interpretado por primera vez las cartas del Tarot. Aquel día existirá en su recuerdo porque fue la fecha donde el caminar, el conversar, el deleitar y el beber -situaciones totalmente mundanas pero colmadas de magia, de sabor y de sustancia- hicieron de su atardecer algo inolvidable; al menos para él.

Ellos tenían, informalmente, un plan. Comerían en un sitio rodeado de buenos recuerdos. Tomarían café o helado en otro sitio de similar tentación. La brisa de la fuente refrescó y el arco iris se formó. Caminaron sin rumbo fijo hacia alguna colonia. El bar y la terraza de un hotel sería parte de la escena (una auténtica escena de un auténtico lugar). No, no siempre se va a un hotel a saciar de aquellos placeres. Esta vez, una terraza con vista a las arboledas, a las magnolias del jardín y uno que otro departamento característico de la colonia Condesa. Cayó la noche. La mejor luz que podía haber existido, la idónea, la exacta, la apropiada: la de una vela dentro de una copa, por sencillo que parezca. Un par de whiskeys, el jazz y un clima espléndido.

Sólo el ligero vientecillo apagaría la luz de las velas... sólo eso. Y aunque ella perciba un aire nostálgico en su voz al llamarle, a diario existirá la luz de aquel sentir porque sus ojos lo dicen y porque sus labios lo mencionan.

(...)

"El mundo se mueve por amor y se arrodilla ante su grandeza, joven. Eso es indiscutible. Por ello estamos aquí, por ello usted viene a bordo y por ello hay un lugar donde alguien me espera y adonde todas las noches deseo llegar" Le dijo el conductor antes de darle el vuelto. "Y así será, nos seguiremos arrodillando ante su grandeza" Contestó el pasajero justo antes de salir con el pie derecho del automóvil.

27 abr 2011

Incertidumbre

Incertidumbre: Falta del conocimiento seguro y claro de alguna circunstancia. Dudosa adhesión de la mente a algo conocible, con temor de errar.


Ese es el significado que encontré a mi sentir. Todos los seres humanos alguna vez la hemos tenido. Hemos vivido con ella y también la hemos detestado. La incertidumbre. Sin embargo, es inherente a nuestro acontecer, a nuestra cotidianidad, y no agrada al más visible optimista.


Pero va más allá de una estabilidad emocional. Repercute en no tener la certeza de que el ser humano tiene el control sobre alguna situación, y eso, aqueja. Aqueja porque hay sentimientos incontrolables, porque hay escenas predecibles a raíz de pasados aconteceres. Aquella fuerza desconocida que se titula destino -al menos para mí- sí existe. Aunque a veces también sé que hay historias que se repiten o que sencillamente el ser humano repite patrones una y otra y otra vez.


Esta noche no puedo adjetivar mi sentir. No puedo dar título a este acontecer porque simplemente no cabe en mi razón. No sé si sea mi edad o la tuya. Ignoro si sean mis pretensiones o las tuyas. Desconozco si sólo el destino nos está jugando una más de sus múltiples lecciones. Ahora sé nada. Lo único que sé, es que este sentir no es nuevo; al contrario, se repite una y otra vez.

20 abr 2011

Mis últimos días

La escena: Remy, un culto profesor universitario está desahuciado a causa de un cáncer en fase terminal; conversa con Nathalie, hija de una gran amiga y adicta a la heroína. Un cuarto de hospital y un instante de reflexión se apodera de ambos. El diálogo, lo inica él:

-...¿No te interesa la vida?
-No mucho.
-Así era a tu edad. Estaba listo para morir cuando sea. Por eso los jóvenes son los mejores martirios. Es paradójico, pero la vida cobra importancia al envejecer. Cuando empezamos a restar: Me quedan veinte años, quince años, diez años; cuando hacemos las cosas por última vez. (...) Me compro mi último auto. (...) Es la última vez que veo Génova, Barcelona...
-No iré allá.
-¿Cómo lo sabes?
-Las sobredosis son muy frecuentes...
-Ni eso lo puedes prever. Quizá algún día lo dejes y vivirás muchos años. No logramos entender el pasado, ¿cómo quieres que preveamos el futuro? (...) Nadie sabe lo que pasará. Salvo yo ahora. Lo sé.
-¿Le da miedo?
-Sí. No quiero dejar de vivir. Amé tanto la vida.
-¿Qué tanto amaba?
-Todo. El vino, los libros, la música, las mujeres. (...) Sobre todo las mujeres... Su olor, su boca, la suavidad de su piel...
-¿Conoció a muchas?
-Sí.
-A la larga todas se parecen un poco, ¿no?
-Un poco, sí. (...) Pero nunca me cansé de ellas...

Film: "Mis últimos días" o "Invasiones bárbaras".

16 abr 2011

Adversidades

¿Notaste que la mañana fue nublada?

¿Este clima acaso es bipolar? Tan acostumbrados que nos tenía a sus amaneceres soleados y radiantes. Aunque, dudo que nos haya jugado un mal acontecer. El día amaneció nostálgico y es porque hoy te marchas. Porque hoy te alejas. Porque hoy no te veo más. Regresas a tus orígenes, a tu cepa. Donde naciste. Prometes regresar algún día y yo prometo esperar toda la vida. Mientras, me hallo aquí, en este amanecer fresco y gris; propio de tu ausencia y característico de mi entrega. Con el sonido de los pájaros en convivencia con la naturaleza y con mi soledad matutina. Hoy te pienso más... mucho más. Hoy te extraño y la ciudad también. El clima es mi sentir, mi espejo, mi radiografía. Este amanecer nublado es por ti, porque te has ido.

¿Notaste que el sol también sucumbió?

12 abr 2011

Correspondencia desde Lisboa

Abrió la puerta del apartamento donde ha acumulado alrededor de una década desde que se marchó del hogar de sus padres. Sus ropas empapadas a causa de la tormenta y las suelas lodosas manchaban la duela. Apenas y alcanzó a mirar la correspondencia que depositan por un quicio de la puerta. Arroja sus pertenencias en el sillón: las llaves, un libro que compró en la galería del centro de la ciudad y un vinilo de Los Beatles. Intentó no mojar la correspondencia: recibos de impuestos, notificaciones bancarias y algo más se hallaba entre todo. Como pudo secó las manos para poder levantarla. Se incorpora. Una postal con fecha del mes pasado proveniente de Lisboa deseándole un feliz cumpleaños formaba parte del paquete. Revisa el remitente: Dianna Villanueva. Una sonrisa se dibuja en su rostro. Con postal en mano se dirige a la bañera y toma una toalla. Conforme a sus pasos va secando el cabello y despojándose de sus ropas húmedas poco a poco hasta quedar en calzoncillos. La misiva de Portugal jamás se soltó de su mano izquierda. Hace a un lado las cosas que depositó en el sillón y se sienta para ver con detenimiento la sorpresa. -Dianna Villanueva no es precisamente una mujer que tenga un lazo estrecho con computadoras y mucho menos con correos electrónicos. Hace que su vida no se adentre en una atmósfera virtual. El uso de tecnologías es mesurado en medida de su misteriosa cotidianidad. De vez en cuando desempolva su agenda telefónica para hacer alguna llamada familiar o, en ocasiones, para persuadir una posible compañía desde otro continente. (En una ocasión, un 31 de diciembre le llamó para invitarle que acudiera a vivir una aventura totalmente mundana a su lado y así recorrer distintas ciudades. Pero en aquel entonces, Franz tenía una serie de compromisos comerciales a causa de la presentación de su primer obra literaria). Dianna es pragmática a una aparente vieja usanza. Prefiere el roce de una carta y el olor a tinta cuando escribe. Le resulta armonioso escribir sobre hojas con aroma a viejas, semejantes al color mostaza y dejar su toque personal. Gusta de encontrarse sorprendida y hacer contagiar de emoción cuando en el buzón postal se halla algo directamente personal. Dianna Villanueva es una mujer que no tiene un apartado postal definitivo. Lo más que ha vivido en un mismo sitio ha sido un par de años y sobrevive de sus pinturas al óleo. He ahí, entre ellos, una especie de maridaje perfecto y por lo cual vivieron instantes inolvidables en el pasado: Ella pintora; él escritor-. Una y otra vez lee la postal: "En esta ocasión, con cerveza en mano y con la espléndida vista del río Tejo, te envío mi profunda felicitación por tu próximo cumpleaños. Siempre te esperaré". En la imagen de la misma se halla una colina proveniente de un vecindario antiguo, de piso empedrado y con un cielo de contrastes púrpuras, esmeraldas y celestes. ¡Qué maravilla! -Susurra. Piensa que aquel fantástico lugar en apariencia sería idóneo para iniciar a escribir su segundo libro. Para tomar cientos de fotografías. Para caminar por los atardeceres y contemplar desde alguna terraza los amaneceres día a día. Pero sobre todas las cosas, para encontrarse con quien fue su primer y único amor. De inmediato, prepara un café expreso y busca su agenda donde alguna vez anotó el número telefónico que podría localizar a Dianna (una situación fortuita que hace algunos meses se suscitó al encontrarse apostando en una carrera de caballos a Diego, hermano de ella). Sujeta el teléfono y marca una serie de números. Agradecerle el buen gesto era el pretexto oportuno para atreverse a llamarle. El palpitar de su corazón era más fuerte que el timbrado. El plástico posterior del aparato telefónico sudaba a causa de sus nervios incontrolables. Hacía ya mucho tiempo que no escuchaba su voz. Leer sus cartas por más de ocho años le había hecho olvidar el tono y el acento de su dicción. ¿Qué pensará? ¿Qué me dirá? ¿Cómo será su actuar? -Se decía a sus adentros en cuestiones de segundos. De pronto, una voz femenina se hace escuhar:
-Olá
-¿E... eres tú... Dianna?...
-Não, quem fala?
-Franz, un viejo amigo... ¿podría hablar con ella?
-"Franz"!? Foi a última coisa que ela disse...
-¿A qué se refiere, cómo que fue lo último que mencionó?...
-Ela pintou a partir do cume de uma colina quando...
(Interrumpe abruptamente)
-...¡No! Acaso ella...
-Sinto muito, senhor...
El teléfono resbaló súbitamente. Una lágrima recorrió su mejilla y cayó oportuna en la taza de café. El cuerpo se estremeció. Un grito de ira se escuchó (...) Cuando de pronto, -paralelamente- él despertó. El eco del grito se percibió por todo el apartamento. Eran las 4:15 a.m. y lo anterior había sido parte de un sueño. La opresión al corazón era extraordinaria. Un constante parpadeo le permitió reflexionar. Se incorporó. Decide tomar una maleta y darse un auténtico regalo de cumpleaños: Partiría a primera hora a Lisboa. Se reprocha de tan sólo pensar el tiempo que ha pospuesto para su encuentro. Un sueño lo alentó. Una pesadilla lo animó. Un sueño, le hizo abrir los ojos... Una aventura comenzaría.


9 abr 2011

Vicisitudes

Dice la canción: "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida".

(...)

Era el otoño o quizá el invierno de hace un par de años. El instante guardado en la memoria absoluta pero olvidado del calendario impreso. Él, pocas ocasiones visitaba la ciudad de Toluca por cuestiones laborables. Ella, hacía de su visita una relativa costumbre a causa de sus estudios universitarios. Autobuses van y vienen. Los horarios son diversos. Un día común. Ordinario. Pasajero en lo mundano y obligado en el quehacer de la función.


Convencido por una realidad medianamente sustanciosa, él regresa a su hogar. A su destino. A su origen. Paga en la taquilla el precio justo por abordar su autobús. Recorre los pasillos colmados de aquella atmósfera propia de una terminal de camiones foráneos y por fin se dispone a subir la máquina rodante que lo llevará de regreso. De pronto, algo lo detiene, algo distrae su atención, algo satisface su mirada (...) -Ese algo, era alguien-. El operador corta el ticket. Se escucha a alguien anunciar el destino. Las letras impresas del periódico que lleva él sobre sus manos se disuelven y se retuercen a causa de los nervios y del sudor propio del gusto por la atracción femenina. Era definitivo: algo sin precedentes estaba satisfaciendo su instante. No sabía qué hacer ni qué decir. Ellos, eran quizá los primeros en abordar el autobús. Cuarenta asientos disponibles. Por supuesto, sólo elegirían dos. Pero eso era la cuestión: ¡saber cuáles escoger! Ella decide rendirse ante el primer asiento de lado derecho pegado a la ventanilla. Él, duda en sentarse junto a ella. La pena le corroe. El oportunismo le provoca inseguridad. Decide postrarse del lado izquierdo junto al pasillo, apenas atrás del conductor. Un abismo quizá para la intención. Pero era un hecho que tan sólo un breve espacio por donde caminarían los demás pasajeros sería el único obstáculo para la interacción. Piensa, que al menos ubicado ahí, podrá observarla; tal vez en el fondo imagina cualquier pretexto para entablar conversación alguna. De pronto, ya en camino a la ciudad de México, él, gira ligeramente su cabeza -imaginando en coincidir con mirada alguna- y cae en cuenta en que ella permanecía con los ojos cerrados. Pensaba que la indiferencia se apropiaba de ella; sin embargo él, admiraba la delicadeza del conjunto con su rostro y el cerrar de sus ojos. Naturalmente, estaba tomando una siesta aunque el trayecto no fuera precisamente muy largo. Entonces, él, resignado ante su fracaso, tomó su periódico e intentó concentrarse en la lectura.


El destino estaba vigente. Palpitaba todavía, no quería fallecer. Al menos así para él. Llegando al Circuito Interior de la ciudad, una camioneta apenas y choca con el autobús en una maniobra a causa de terceros. El conductor que nos llevaría a un sitio ya planeado, decidió desviar unos metros su ruta y verificar los daños del aparente golpe de la carrocería. El camión se detiene, el chofer desciende y negocia los arreglos pertinentes. Él, a sabiendas del tiempo que lleva apalabrarse con el ajustador de seguros y la espera por éste, decide bajarse y caminar para encontrar otro medio de transporte. Ella, hace lo mismo. Enseguida toma sus pertenencias y va casi detrás de él. El semáforo peatonal marca el rojo. Ambos permanecen a la par en la gran avenida. Sus destinos eran distintos aunque no opuestos. La iniciativa de ella, era lo que él tanto deseaba (quizá por la propia timidez o duda alguna). Así fue. ¡Qué maravilla! -Pensó y sintió. La pregunta era lo de menos, la conversación se hizo presente.


(...) Hoy, saben que aquel autobús tenía -en planeación y teoría- un destino para uno y para otro. Ella descendería en Chapultepec; él, en La Raza. De no haber sido por aquel percance tan insustancial, no habrían tenido esta noche un instante tan sustancial. El recuerdo permanecería y el hubiera sería el hartazgo permanente. El presente sería lo tangible y el futuro no existiese... -Vivimos en la búsqueda incesante por la felicidad perpetua; en viajes a los confines del mundo y en el placer por pensar que la cotidianeidad es el ABC del vivir. Si nos ha tocado experimentar para pretender percibir lo esencial, que así sea.


Dijo Nietzsche alguna vez: "Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno; la voluntad de morir". Yo Agregaría: La voluntad de vivir, porque ¿cuántas vidas vivimos?

31 ene 2011

Nimiedades/2

Sólo fue un café americano el que bebió alrededor de las ocho de la noche; éste era de tamaño grande y sin azúcar. El trayecto a casa fue distinto. Algo pasaba por su mente, algo no le dejaba en paz. Su fracaso personal le impedía sonreír.

Un emparedado de jamón con queso blanco y un jugo artificial fue su refrigerio. El televisor encendido y el constante parpadeo en busca de un buen programa fue su única compañía. Se rindió ante la búsqueda por satisfacer el ánimo y apagó cualquier emisor de luz. Resignado ante una noche insustancial, ante una cotidianidad insípida y predecible se dirigió a su habitación. Toma el libro que dejó la noche anterior en el buró y retoma la lectura. Los fantasmas del pensamiento se concentraban en otro acontecer mientras la mirada recorría uno a uno los párrafos literarios. Los pocos sonidos propios de la noche eran percibidos a la perfección: Un grillo andaba cerca y alguna música proveniente de una juerga cercana se adentraban. Era fin de semana.

Más tarde mira el reloj y éste marca la media noche. A falta de distracción en el televisor y la ausencia de atención hacia la lectura, decide dormir a una hora de la cual jamás acostumbra. Trasnochar se ha convertido en un recreo en busca de respuestas que sólo con el tiempo encontrará.

El póster enmarcado con la imagen de Bob Dylan que se halla en la pared frontal atestiguaba el insomnio, quizá, provocado por el café de horas antes. Las vueltas incesantes en la cama por conciliar el sueño eran desesperantes. Levanta su tórax y piensa en si es prudente continuar el guión de aquel cortometraje que no ha podido llevar a cabo. De pronto, se incorpora y abre la ventana; el clima no es tan propio de un invierno común. El viento ligero apenas y mueve las persianas. Se viste con lo primero que encuentra a su paso, aquella ropa que horas antes despojó al suelo. Toma prestadas las llaves del auto y conduce hacia el centro de la ciudad. Una fachada poco colorida en medio de una calle empedrada y con un faro colonial que apenas alumbraba la entrada detiene su andar. Era algo así como uno de esos pubs británicos donde la gente acude a beber cerveza y picar alguna botana que acompañe. Una canción provenía de la esquina del lugar: Thursdays Child de David Bowie se escuchaba en la rockola y su alegría se percibía mediante una mediana sonrisa. El sitio si bien, no se encontraba vacío, pero tampoco merecía esperar por una mesa aunque estuviere disponible; sin embargo, se decidió por la barra. No imaginaba cómo luciría solo, con sus pensamientos y observando a parejas conquistándose o a grupos de personas brindando por sus éxitos personales. Se decía así mismo que últimamente eso de hacer cosas de manera personal, le venía cómodamente; aunque de pronto, extrañaba comentar con alguien cualquier cosa sin importancia. Lee la carta y ordena una cerveza importada, no se había percatado que el lugar se caracterizaba por sus cervezas foráneas y que su grado etílico era alto.

Tiempo después, entre la algarabía del lugar y el constante choque de tarros, en la rockola se comienza a escuchar una canción: Thunder On The Mountain. ¡Sí, Bob Dylan! -Pensó bebiendo un cordial trago e inmediatamente dirigió su mirada a la persona que seleccionó aquella melodía. De espaldas, apenas y veía a una mujer; se encontraba sola, sentada en el extremo frontal de la barra y que no había visto debido a su indiferencia hacia todos ahí presentes. La observa y le sigue con la mirada. Sostuvo el segundo tarro de cerveza que bebía y se dirige hacia ella. Es sorprendente pero le recuerda a alguien: Su cabello, sus ojos y sus labios, que, en conjunto con su rostro, intenta hacer memoria de dónde le había visto o a quién pertenecía aquella imagen; una que, por segunda vez contemplaba y le parecía simplemente hermosa. Se acerca y pronto cae en conciencia: Aquella mujer era quien hace algún tiempo, por falta de palabras, no supo cómo acercársele y entablar una conversación. Aquella mujer que jamás pensó en volver a mirar y de quien su recuerdo aún permanecía. (...) Pensó que esta vez sería distinto y que no regresaría a casa sin saber, si quiera, su nombre.

24 ene 2011

Aprender a volar

Pido perdón por dejar al descubierto al pajarraco candoroso que sigo siendo, al ser de veintiocho años que continúa cayendo en charco tras charco. Lo cierto, es que aún estoy aprendiendo a volar. Quizá demasiado tarde o quizá a tiempo; aunque a veces, el clima me lo reproche. Pido perdón por no seguir los consejos de quienes me dicen cómo alzar las alas y manipularlas para sostenerme en el aire. A decir verdad, valoro en demasía las indicaciones y reflexiono cada una de las palabras. Sin embargo, me gusta saltar y echarme al viento para que en complicidad con éste, caiga y me vuelva a levantar, probar otra corriente de aire y pensar que ahora tomaré altitud que difícilmente me situará en el piso. Pido perdón por afectar aves que saben cómo volar e interrumpo su plan debido a la torpeza de mi plumaje. Agradezco a todos aquellos pájaros que continúan en este vuelo y que permiten un aleteo cordial, ameno y sustancioso; aprendiendo juntos a intentar tocar las nubes, merodear montañas y regresar a tierra cuando así lo decidamos. Si bien es cierto, aprender nos transforma, nos enriquece y nos alegra; porque mientras no me corten las alas, seguiré aprendiendo a volar.

6 ene 2011

Desavenencias

"¿Cuándo te compras un teléfono nuevo? El que tienes, ya da pena". Me pregunta y me insiste alguien; en ocasiones, alguienes. "Deberías comprar un iPod también". Me dijeron alguna vez.

Ya no me enfada. A decir verdad, creo que nunca me enfadó. Acepto la sugerencia como el andar por aquí y por allá. Las miradas dirigidas al celular de manera automática al instante de extraerlo del bolsillo, ya no incomodan. No sólo conmigo sucede. G me dice: "Sí, tu chingadera ya da pena pero pues total, nunca tienes crédito". A lo cuál respondo con un tajante: ¡Bingo! A ver, hago un balance de mis prioridades, una lista. Pronto caigo en cuenta que un teléfono de moda es lo último que necesito para intentar ser feliz o sentirme realizado. En rigor, comprar es ampliar o reducir la noción de lo indispensable. No puedo cegarme a tan espléndidas funciones de eso que llaman "Smartphone"; sin embargo, ahora no me es indispensable ser parte de un grupo de moda y mucho menos, cargar con un teléfono al cual no podré explotar ni al 50% de su generosidad. Es decir, cuando uno acepta el adulto que pretende ser, hay situaciones más importantes que lo material. Podría sonar contradictorio con mi actuar, válgame.

El dejarse llevar por la sociedad jamás me ha gustado, vomito de pensarlo. La televisión, las personalidades de moda, las revistas, la sociedad; e incluso, el Facebook han provocado un efecto carente de personalidad, de conciencia; de las cuales, ya no somos ajenos y tristemente, no es un asunto de novedad. ¿Nos hemos dado cuenta de lo insustanciosos que podemos llegar a ser? Algunos estados en Messenger o en Facebook son tan efímeros que de leerlos provocan un severo daño al estómago y repugnancia de un mundo material con presunciones disfrazadas. ¿Por qué persisten estas escenas una y otra y otra vez? ¿Será acaso porque las cosas en el entorno del consumismo se hacen porque deben hacerse, porque la vida está hecha de lo mismo y vivir es repetirse?

Alguien a quien admiro, menciona: "No quiero hacerme de un celular porque no me gusta sentirme localizado. Detesto hacerme esclavo de un aparato y excluirme de una sociedad excluyente". Sensacional. No obstante a estas alturas no puedo verme tan radical. Tener un teléfono móvil ha sido parte de mi vida por alrededor de diez años. En una década sólo dos aparatos, sólo dos.

Dice Carlos Monsiváis en "Apocalipstick": "Ningún pobre adquiere de menos porque no depende del consumo (palabra ya ligada al exceso y al desperdicio), sino de la necesidad". Aún así, llegará el momento en el que sea partícipe -quizá por necesidad o por curiosidad- de un núcleo ya de por sí estandarizado y con una pose símil. Será el instante en que todo lo anterior quede en lo absurdo y en lo vil del despotricar.

Sin embargo, tengo mi baratísima-teoría-pretenciosa: ¿A cuántos niños hoy, en día de Reyes Magos, dentro de sus juguetes apareció por lo menos, un libro? Sabemos de libros didácticos, de libros para niños. Comenzar con uno para iluminar, no sería mala decisión. (...) La culpa de ser materialistas y superficiales (dos palabras tan distintas pero que su maridaje es tan común) en ocasiones, no depende tanto de nosotros. Así crecemos. Así nos educaron. Así nos acostumbraron.

Dice Haruki Murakami en su novela "1Q84": "Es un mundo circense, falso de principio a fin, pero todo sería real si creyeses en mí".

P.D. Si alguien por distracción o por falta de incumbencia no entiende la imagen con que se ilustró esto, llámeme a mi BlackBerry porque mi iPhone lo presté junto con el iPod. ¡Gracias!

21 dic 2010

Diciembre eclipsado

Dice la canción: "Diciembre y sus posadas". Las reuniones. El agradecimiento interpersonal. Los buenos deseos. El consumismo desenfrenado. El tráfico desquiciante. Ánimos amorfos. Bipolaridad sin sustento. El balance de un año más: Para unos, inolvidable; para otros, olvidable.

Ah diciembre... Esdrújula felicidad. Una vez culminada todo vuelve a la normalidad, al aquejo cotidiano y a una atmósfera que ya conocemos.

El acontecer del país -sin embargo- refleja un 2010 inolvidable. Desafortunadamente no por afables noticias. El rojo pintó al pueblo que hasta hace algunos años parecía percibirse de distintos matices. Sangre derramada, sangre impune.

No obstante, la naturaleza jamás se equivoca. Tiene para nosotros el obsequio que quizá ya merecíamos. Uno gratis. Uno fácil de percibir. La madrugada del 21 de diciembre ha sido de las más oscuras desde hace alrededor de 350 años. Un día de trescientos sesenta y cinco donde millones de miradas se concentran en un sólo punto. Uno brillante. Uno que posiblemente podamos percibir un par de ocasiones en nuestra vida.

Entonces, es cuando reflexionamos en lo efímero que pueden parecer ciertas cosas, ciertas situaciones; el materialismo absurdo y aquella carencia de conciencia. Una muestra de seres ordinarios, de una cotidianidad predecible; el reflejo de que al universo no le importa el acontecer y mucho menos, de qué color es tu auto nuevo.


Y de pronto, la escena es suya. La absoluta protagonista. La inmensidad sobre todas las cosas. Lo inalcanzable. Lo inerte que podemos ser los seres humanos ante su presencia. Alguien dice: "Dios, de existir, sería mujer". El espectáculo del amanecer y la maravillosa invención de la Luna, prueba de ello.



Diciembre y sus regalos. Pink Floyd, Sigur Ros, Brian Eno, Radiohead o Portishead; cualquiera de ellos para amenizar el suceso.





25 nov 2010

Jacob o Pulgoso, el mismo ser

...Lo llevo entre mis brazos y él parece estar muerto. No mueve extremidad alguna. Apenas y agita su pequeño estómago. Sólo alcanzo a sentir su corazón en súbitos pálpitos. Camino apresuradamente hacia la puerta de la casa. Lo recuesto en la banqueta y mojo su hocico para lavar la sangre y la espuma que sale de él. La sombra y el agua parece revivirlo. Tambaleándose se levanta. Camina de igual manera. Se mete a la casa y se refugia en una esquina. Lo cargo y lo postro en la caja donde -cuando hacía frío- lo metíamos a dormir en el patio trasero. De pronto, sus ojos giran sin control y tiembla como si un congelador se apoderara de él. Convulsiona. Aulla. Pulgoso se nos va. Podemos hacer nada. Sólo mirar, sólo mencionar palabras de aliento como si ello sirviere de algo. Creo que jamás lo había acariciado. Sé que jamás lo había hecho antes con una mascota como lo hice con él. Poco a poco su cuerpo comienza a endurecer... Eran las 2:00 de la tarde y Jacob había muerto...

(...)

Justo anoche J me platicaba de sus mascotas que habían fallecido. Sus perros. Uno de ellos, su gran amigo. Y pensaba en cómo la gente llega a ser confidente de una mascota. Imaginaba sus conversaciones y los instantes que pasaron para hacer que su deceso fuera, uno triste. Ella me decía que murió de viejo, que alcanzó a despedirse de él y que un día, en la calle, lo vio y así lo adoptó.

Sin embargo, Jacob no murió de viejo, no de alguna enfermedad, tampoco atropellado. No murió de frío o de hambre. Murió porque alguien lo mató. Alguien que no soporta que una comunidad pueda amar a un animal y que éste sea de la alegría de todos. Alguien que cobardemente lo envenenó o le proporcionó un golpe fulminante. No sabemos. Sólo entendemos que hay animales que matan a mascotas indefensas.

Pulgoso
como lo mencionaran algunos, o Jacob como lo mencionaran otros; jamás tuvo un nombre definido. Así fue su vida: Sin definición. Al fin y al cabo, era de todos y de nadie. Lo adoptamos porque un día llegó sin que nadie lo invitara a formar parte. Era un personaje de la comunidad. Algunos días dormía a las puertas de esta casa, otros en la del vecino y en algunos, debajo de los coches. Ni siquiera sé su raza. Era pequeño y de color café. Ágil e inteligente. Simpático. Cariñoso. Juguetón. Obediente. Era una mascota que se daba a querer.

Comenta mi hermano que hoy por la mañana, todavía Jacob lo acompañó a esperar el taxi y mientras, jugaba con él. Se quedó ahí hasta que abordara el auto. Así era Pulgoso, un amigo al que sólo le faltaba hablar.

Ahora me vienen escenas de aquella película, Amores Perros. Ahora me vienen recuerdos de Jacob. Todo pasa por mi mente. He de confesar que jamás pensé que me sucediera esto con un animal, del cual, ni siquiera creí haber estado encariñado. Ahora entiendo aquellas personas que llevan en sus brazos a sus perros. Ahora entiendo la tristeza de aquellos que lamentan la pérdida de su mascota. Ahora entiendo todas aquellas situaciones de las cuales no daba crédito del actuar de las personas hacia sus perros.

(...)

...Mi sobrina de nueve años le redacta una carta. Me sorprende la habilidad y la ternura de sus letras. Me dice que la lea para ver si está bien. Lo hago. Me parece sensacional. El esfuerzo por no soltar una lágrima frente a ella es insoportable. Más tarde, lo subimos a la cajuela del auto. Mi padre, mi sobrina y yo, lo enterramos no muy lejos de aquí. Antes de la primer cubierta de tierra, la niña coloca su carta encima de él. Nos despedimos para siempre. Caminamos rumbo al coche y volteo imaginando que Jacob viene corriendo detrás de nosotros. Imagino que atravieso la calle y está ahí, esperándonos y moviendo la cola de alegría. Después, un silencio abruma la levedad. Tristes y sin decir palabra alguna, llegamos a casa. Vemos y escuchamos que alguien hace falta...


11 nov 2010

Sitios

Puntuales, solíamos ser los mismos. Nuestras distintas actividades nos permitían parámetros de diez o quince minutos de diferencia. A veces más temprano, a veces más tarde. El sitio tiene la forma de una herradura; permitía ver los rostros de los comensales, al menos, de perfil. Sentados uno a uno con tan sólo el respiro de los brazos a su antojo y en banquillos semi cómodos que apenas y podíamos mover. Conocíamos el aspecto de las personas, identificábamos sus manías; incluso, podíamos adivinar cuál sería la opción que elegiría del menú. Sin embargo, no sabíamos nuestros nombres. Escasamente pronunciábamos:

-Buenas tardes...
-Provecho.
-Gracias...

Durante un par de meses asistía solo. De vez en cuando acudía a otro sitio con alguien. Jamás pensé que me acostumbraría y menos, que me gustaría comer sin compañía alguna. (...) Mentira, creo que jamás me gustó. No obstante, encontré de este hecho su lado positivo. No tenía de otra. Ese constante defecto mío por observar a las personas y así, sus acciones, su animadversión, sus tendencias, su antipatía, su excentricidad, sus apegos; e incluso, hasta su desconfianza. Situaciones que me dijeran un poco más de la persona. ¿Qué gano con ello? Quizá nada, sólo el aspecto sociológico que disfruto en todos y cada uno de los seres humanos. Los diversos caracteres, sus múltiples atuendos y sus diversas historias que en ellos se hallan y que puedo equívocamente imaginar. Mi sociología barata.

Era en el centro de Coyoacán. Ni siquiera sé cómo llamarlo: "Restaurante", sería un halago. "Puesto improvisado", sería demeritarlo. Seguramente será un servicio de comedor y cocina de un buque mercante denominado "Fonda". Sí, ahí donde alguna vez sonó mi teléfono móvil para darme la noticia de que la abuela había fallecido. Ahí donde la noticia pegó en los más íntimos recuerdos y derramar una lágrima se convertía en las miradas próximas y atentas. Sí, aquel lugar donde un día sin imaginármelo y sin sospecharlo, vi por primera vez a una reportera en el televisor del establecimiento que sintonizaba el noticiero. Una mujer con quien mantenía una amistad de letras (correos electrónicos y mensajes por redes sociales) y que el tiempo en complicidad con el recuerdo, nos concedió veinte años después, encontrarnos. Ahí, donde un señor interpreta con el acordeón la misma canción día a día: "Caminos de Michoacán". Siempre a las tres en punto.

(...) Hoy se cumple un mes de aquel ciclo que finalizó. Hoy extraño Coyoacán. El entorno. El sitio donde solía comer y la sazón que adopté en mis días de estancia laboral. Echo de menos caminar por la plazuela y detenerme en el puesto de periódicos para leer los encabezados. Transitar por sus calles empedradas y encontrarme con Damián Alcázar u otro actor o actriz de película o de telenovela mexicana. Ver el reloj y disfrutar del tiempo restante para sentarme a que le den brillo a los zapatos. Adquirir un buen café se convertía en un volado. Coyoacán está invadido por cafeterías sustanciales. Ahí donde comí un cuernito que A me recomendó. Y entre muchas cosas, también extraño ver decenas de personas de toda índole. Este lugar no puede ser sui géneris porque es tan noble que acepta divergencias sociales y culturales. Pocos como él.

Ahora estoy en otro sitio. Son tiempos difíciles. Jamás se puede estar en completa armonía. Un ser querido se debate entre la vida y la muerte; alguien que hace aproximadamente trece años nos llevó a mi hermano y a mí, un 15 de septiembre, a la verbena de Coyoacán y a cenar hot cakes con mermelada de fresa. Busco distracciones. No queremos pensar en ello. No quiero eso. No ahora. No nunca.

17 oct 2010

Más allá del bien y del mal

Después de siete años la vida me situó en un lugar que fortuitamente conocí cuando trabajaba para una empresa financiera. Tenía 21 años de edad y percibía una facilidad de vida insospechada. Sitios que se convierten en sucesos e imaginas que quizá jamás vuelvas a experimentar. (...) Esperaba que algo sucediera.

No pretendo convencerme de que poseo una madurez tangible; sin embargo, en aquel entonces de haber tenido el juicio y pensar como lo hago ahora, hubiese aprovechado un poco más la vida, las relaciones, la escuela, los libros. (...) Esperaba que el acontecer me lo diera de la noche a la mañana.

Durante una semana percibí el aquejo del tiempo perdido y me ha hecho reflexionar. Pienso que el instante de ahora muy bien pudo ser el momento de ayer. En cinco días observé lo que algún día imaginé ser al día de hoy. Si bien, el tiempo no se equivoca y vamos marinándonos en néctares que se convierten en nuestro destino inequívoco y sustancial del modo que ahora percibimos la manera de vivir.

Los aconteceres nutren la capacidad de ver nuestros defectos y virtudes, ejerciendo un poder de mejora inexplicable en lo negativo. Pretendemos ser mejores seres humanos y aportar -aunque sea- el mínimo esfuerzo de aciertos a quien nos rodea; porque sabemos bien de nuestra capacidad, de nuestra ética... de nuestra integridad.

Dice Nietzsche en "Más allá del bien y del mal":
El problema de los que esperan: Hacen falta golpes de suerte, y mil cosas más, para que un hombre superior, que lleva en sí la potencial solución de un problema llegue a actuar, a entrar en "erupción", por así decirlo, en un tiempo oportuno. Por lo general no sucede así y en todas las partes del mundo hay hombres que aguardan, sin saber exactamente que lo hacen y menos aún que su espera es inútil. También sucede a veces que la llamada suena demasiado tarde (ese azar que permite ponerse en acción), y cuando lo mejor de su juventud y de su energía se activa ya se encuentran gastados de tanto estar sentados sin hacer nada. ¡Cuántos descubrieron horrorizados que sus miembros se hallaban entumecidos y que su espíritu era ya demasiado pesado! "Es demasiado tarde", se dicen, tras haber perdido la fe en sí mismos y comprobar que se han quedado inútiles para siempre.

Se ignoran demasiadas situaciones. Lo único tangible es que aún existe la fe por continuar, aún existe esa capacidad de asombro y sabemos que jamás se debe esperar.

4 oct 2010

Nimiedades

Hago un uso excesivo de la cafeína porque al menos para mí es el maridaje perfecto entre leer y escribir.

Me hallo frente a un monitor y en mis manos recae un teclado que hacen de mi acontecer, pretender actuar como el escritor que algún día quise ser. Subiendo la mirada, me percato de la naturaleza: árboles y un cielo despejado; el frío de este otoño parece apoderarse de un invierno precoz. El clima encaja a la perfección con los pensamientos, porque, hay ocasiones en que la mente se siente rodeada de reflexiones que auto complacen. Esta tarde es así.

Llevo tres días pensando en aquella historia que en alguna oportunidad leí. Es quizá por lo acontecido, por la realidad de un suceso cursi donde te ves reflejado y donde probablemente jamás percibirás. Aquella historia es un acontecimiento totalmente mundano. De amor, de imaginación; la cual recuerdo medianamente así:

En Nueva York, un joven se dirigía en metro hacia la universidad. En su trayecto ve a quien físicamente proyecta como el 'amor de su vida'. Por alguna situación, no cruza palabra alguna con ella. Después, se arrepiente. Su mente no deja de pensar en aquella mujer quien no sólo era de su agrado visual, sino que también percibía en ella la expresión corporal que él tanto agradece; esa pequeña fórmula que es indescriptible, indescifrable, propia del gusto personal (haciendo válida la redundancia). Entonces, tomando uso de las tan infravaloradas por unos o sobrevaluadas por otros, redes sociales, publica un anuncio de "búsqueda" donde describe a la perfección a la mujer; desde la ropa y el color de ésta, hasta la estación del metro donde se encontraron y la dirección que ella tomó. No obstante con lo anterior, dibujó a la chica en cuestión justo como la vio (color de vestido, accesorios, look, etc.) y en conjunto, difundió la descripción con el dibujo. Al término de una semana, estas dos personas se conocieron e hicieron de una historia onírica, una real. Algunos meses percibieron el amor, después, finalizaron su relación.

Entonces, no dejo de pensar en aquella historia. Sé que todo sucede en el tiempo y somos víctimas de él arrepintiéndonos del "hubiera". A veces comienzo por detestar aquel cliché de "todo pasa por algo, porque quizá no era para ti". Ojalá fuera posible que los seres humanos nos jactáramos en decir "lo intenté y pasó nada; sin embargo, seré terco y lo volveré a intentar"; no sé.

La cotidianidad seguirá su curso. Eso todos los sabemos pero nadie lo puede cambiar. Continuaremos con nuestras vidas en busca de esto, de aquello, de eso y, en el camino desearemos la felicidad. Viviremos de recuerdos, y en algunos, inmediatamente expresaremos una sonrisa que será el enigma de nuestra imaginación. El misterio de un pasado que por falta de palabras o de utopías, jamás se experimentó.

Percibiremos la vida como viene, olvidándonos del pasado y del futuro también; encontrándonos sólo, en el presente infinito del ser. Quizá, sólo recuerde que en algún lugar existe alguien por quién dejaría todo y hacer de lo inimaginable algo realizable aunque ahora no sepa, ni siquiera... su nombre.